25 ene. 2017

Paisajes I

1.

Tenia nueve años cuando me dieron mi primer beso. Estaba en el ascensor con mi tío Tati y con mi amigo del cole Marcos. Mi tío acercó de repente nuestras cabezas, hasta que sus labios toparon toscamente con los míos. No me pareció gracioso y ese pequeño detalle cambió además nuestras vidas: Marcos estaría enamorado una buena temporada. Yo, a cambio, empezaría a ignorarlo. Comprendí que algo que siempre había estado allí, velado a mis ojos, de repente se había vuelto obscenamente visible. La inocencia se acababa.




2.

Vivíamos en la calle Habana, en Madrid. 
En medio de un lodazal se alzaban como esqueletos blancos bloques de nueve plantas que crecían sin remedio arrinconando huertos de lechugas y alguna granja donde aún se vendía leche en cántaros, aunque ya estábamos a principios de los ochenta. Era un paisaje extraño, donde pasado y futuro convivían sin ganas. Iba con mi abuela a por leche cada dos días. El nauseabundo olor a mierda se percibía una calle antes de llegar. Yo odiaba esa leche espesa, caliente, que tenía tres dedos de nata. Prefería la leche embotellada, de fábrica, que traían a la panadería del barrio y que podía beber sin masticar, liviana y dulce, pero que como era mucho más cara, mi abuela no compraba.


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